El pasado sábado disfrutaba de un agradable paseo vespertino por la ciudad. Superados los veinte grados de temperatura y mis ocho horas de sueño, el adjetivo que definía la tarde era ése y similares. Cómoda, amena, agradecida, detallista, humilde…hasta que me encontré con un enorme grupo de gente manifestándose, según ellos, a favor de la vida. Había en el Parque del Retiro muchos grupos de jóvenes ultra católicos cantando al amor con sus guitarras; a su lado los clásicos colistas éticos con forma de líderes morales vestidos del color negro del poder y marcando el camino del rebaño. Multitud de padres de familia procedentes de provincia deseosos de marcarse un fin de semana decente con justificación educativa.
Las aguas del lago del Retiro se removían por el huracán de aire procedente de las aspiraciones de la letra “s” de los dos millones de “o sea” pronunciados por minuto durante toda la tarde. Me di cuenta de ello al mismo tiempo que percibí a partes iguales el olor del dinero, no siempre eficaz en los colegios de pago. Para entusiastas de la esterilidad ortográfica como yo, ver una pancarta con el mensaje “dejarme nacer” produce dolor de cabeza prolongado y blasfemias momentáneas. En fin, todo eran toneladas de rímel, colorete, gafas Ray-ban de aviador, adolescentes de mofletes rosas con bolsas de zara, zapatos de marca, peinados de niño bien escuchando Modestia Aparte, serán cosas de la edad…y precisamente por eso me cabrea ver cosas como éstas...
No me apetece entrar en un debate sobre el aborto porque no es de lo que estoy hablando. Pero tengo una sensación de molestia rebelde cuando veo estas fotos.

Me fijo en las imágenes. En la primera, un niño que sujeta trece abrigos en un brazo escolta a sus dos ¿hermanas?, mientras que enseñan la lámina con la frase de Gandhi. ¿Le habrán explicado a los niños todo lo que dijo Gandhi, aparte de esa cita? En la segunda foto, una niñita de rasgos orientales expone los lemas de la manifestación, mientras sus padres cuidan su caída por detrás de las vallas. La niña parece cansada y no demasiado concienciada...
La infancia es inocencia. En un planeta idílico de adultos, con la inocencia no se debería jugar; en un país de nunca jamás repleto de niños, tocar la inocencia debería ser delito. Es cierto que la forma más primitiva de adivinar una mentira o una verdad es una mirada directa a los ojos del prójimo. Me vuelvo a fijar en las fotos y hay un total de 16 personas entre las dos imágenes. Sólo 4 de ellas enseñan su mirada, sólo los menores lo hacen. Los ojos adultos no salen en la foto (algunos escudados tras las gafas de sol), prefieren delegar sus ideas en forma de papel y agarrar bien sujetos a los niños para que no se escapen, no se vayan a ir al parque a jugar obviando el motivo por el que están allí. Que a lo mejor tiran el papel.
Se pide el derecho a la vida y se obliga a los más jóvenes a ir a este tipo de acontecimientos agarrando una pancarta de la que desconocen su mensaje (con mirar a la niña de la derecha de la primera foto, obtengo la respuesta). Se pide el derecho a la vida mientras que se les pone ante la cámara para que al día siguiente el niño ría con sus amigos por salir en un periódico. Se pide el derecho a la vida y se abusa de autoridad moral (¿?) para que los más débiles la exijan a golpe de insulto (no hace falta reproducir las burradas y memeces de mal gusto que leí en algunas pancartas, propias de gente retrógrada, ignorante, demagoga y alejada voluntariamente de la realidad).
En fin, si se pide el derecho a la vida hay que garantizar que esas vidas nuevas gocen de la dignidad que se le supone a cada una de ellas. Para pedir vida hay que ser más valiente y para dejar vivir más responsable y mejor persona. Que se lo apunten, aunque sea con faltas de ortografía, pero que se enteren.

