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martes, 20 de octubre de 2009

Derecho a la vida


El pasado sábado disfrutaba de un agradable paseo vespertino por la ciudad. Superados los veinte grados de temperatura y mis ocho horas de sueño, el adjetivo que definía la tarde era ése y similares. Cómoda, amena, agradecida, detallista, humilde…hasta que me encontré con un enorme grupo de gente manifestándose, según ellos, a favor de la vida. Había en el Parque del Retiro muchos grupos de jóvenes ultra católicos cantando al amor con sus guitarras; a su lado los clásicos colistas éticos con forma de líderes morales vestidos del color negro del poder y marcando el camino del rebaño. Multitud de padres de familia procedentes de provincia deseosos de marcarse un fin de semana decente con justificación educativa.
Las aguas del lago del Retiro se removían por el huracán de aire procedente de las aspiraciones de la letra “s” de los dos millones de “o sea” pronunciados por minuto durante toda la tarde. Me di cuenta de ello al mismo tiempo que percibí a partes iguales el olor del dinero, no siempre eficaz en los colegios de pago. Para entusiastas de la esterilidad ortográfica como yo, ver una pancarta con el mensaje “dejarme nacer” produce dolor de cabeza prolongado y blasfemias momentáneas. En fin, todo eran toneladas de rímel, colorete, gafas Ray-ban de aviador, adolescentes de mofletes rosas con bolsas de zara, zapatos de marca, peinados de niño bien escuchando Modestia Aparte, serán cosas de la edad…y precisamente por eso me cabrea ver cosas como éstas...


No me apetece entrar en un debate sobre el aborto porque no es de lo que estoy hablando. Pero tengo una sensación de molestia rebelde cuando veo estas fotos.


Me fijo en las imágenes. En la primera, un niño que sujeta trece abrigos en un brazo escolta a sus dos ¿hermanas?, mientras que enseñan la lámina con la frase de Gandhi. ¿Le habrán explicado a los niños todo lo que dijo Gandhi, aparte de esa cita? En la segunda foto, una niñita de rasgos orientales expone los lemas de la manifestación, mientras sus padres cuidan su caída por detrás de las vallas. La niña parece cansada y no demasiado concienciada...

La infancia es inocencia. En un planeta idílico de adultos, con la inocencia no se debería jugar; en un país de nunca jamás repleto de niños, tocar la inocencia debería ser delito. Es cierto que la forma más primitiva de adivinar una mentira o una verdad es una mirada directa a los ojos del prójimo. Me vuelvo a fijar en las fotos y hay un total de 16 personas entre las dos imágenes. Sólo 4 de ellas enseñan su mirada, sólo los menores lo hacen. Los ojos adultos no salen en la foto (algunos escudados tras las gafas de sol), prefieren delegar sus ideas en forma de papel y agarrar bien sujetos a los niños para que no se escapen, no se vayan a ir al parque a jugar obviando el motivo por el que están allí. Que a lo mejor tiran el papel.

Se pide el derecho a la vida y se obliga a los más jóvenes a ir a este tipo de acontecimientos agarrando una pancarta de la que desconocen su mensaje (con mirar a la niña de la derecha de la primera foto, obtengo la respuesta). Se pide el derecho a la vida mientras que se les pone ante la cámara para que al día siguiente el niño ría con sus amigos por salir en un periódico. Se pide el derecho a la vida y se abusa de autoridad moral (¿?) para que los más débiles la exijan a golpe de insulto (no hace falta reproducir las burradas y memeces de mal gusto que leí en algunas pancartas, propias de gente retrógrada, ignorante, demagoga y alejada voluntariamente de la realidad).

En fin, si se pide el derecho a la vida hay que garantizar que esas vidas nuevas gocen de la dignidad que se le supone a cada una de ellas. Para pedir vida hay que ser más valiente y para dejar vivir más responsable y mejor persona. Que se lo apunten, aunque sea con faltas de ortografía, pero que se enteren.


jueves, 1 de octubre de 2009

La mujer llamada Madrid

Madrid es una mujer madura. Tiene las manos cuarteadas como una pintura de Velázquez. Mira con sus ojos marrones; los ojos de una madre que observa, y hasta se atreve a juzgar, a sus hijos. El tiempo ha trabajado el cuerpo de Madrid, lo ha empapado de vida (con lo bueno y malo que eso conlleva) con las ideas de profetas como Sabatini ó Arturo Soria y con la brocha fina de Tierno y Galván ó Ruiz Gallardón.

Madrid posee una memoria envidiable. Tan colectiva como individual, como una novela de Pérez Galdós. Un canario que dejó sus recuerdos y su alma en la madera de decenas de tabernas y en las cortes del Estado, un símbolo y pedestal de tantos y tantos niños y adolescentes adoptados que Madrid ha cuidado sin desviar su atención de ellos. Con libertad pero con consciencia, que no necesariamente decencia. Con clasicismo pero con colores. Con el mérito de ser a la vez un pueblo grande y una ciudad enorme. Con la habilidad de Sabina para escribir sobre putas utilizando la lírica de Larra.

Madrid tiene muchas casas porque ella fue la primera que ofreció la suya. Una hospitalidad sincera que le granjea agradecimientos leales. Difícilmente no se vuelve a Madrid. Fácilmente se le recuerda cuando no se está allí. Porque, como todas las madres, su presencia es motivo para obviarla y su ausencia para quererla. Y cuando uno viaja, se lleva algo de ella dentro, ya sean los calamares de la plaza mayor o una foto del Retiro.

El corazón de Madrid es el centro. Bombeos continuos de personas por la vena mayor y la arteria del Carmen hasta llegar a la Cava Baja o la Plaza de España. Parejas de ancianos observando el escaparate de la tienda de espadas en Neptuno. Amistades eternas esperando a reencontrarse en la estación de Atocha. La vida de Madrid es su sangre y ese líquido se compone de toda su gente. Madrid es movimiento, no puedes ni debes parar. Y si lo haces, que sea para observar los cuadros de Goya en el Prado, tomarte una caña en la azotea de Casa Granada o simplemente dejar pasar el tiempo en el Paseo de Recoletos.

A pesar de ello, Madrid respira con la tranquilidad y serenidad que da un milenio de existencia. Tiene pulmones y no sólo verdes. Lugares donde detenerse, girar sobre uno mismo y observar. Madrid está orgullosa de ello, de cómo sus hijos dedican su tiempo a contemplar su trabajo, su vida y sus heridas y, además, cómo aprenden de todo ello, porque Madrid enseña y no se deja nada en el tintero. Es una profesora dedicada, con preparación y con un cierto aire de improvisación que siempre se le agradece.

Madrid es una persona nerviosa. Agradable y agradecida a su pasado pero incómoda con su futuro. Perfeccionista, sabe lo que quiere aunque suele vacilar sobre el modo de cómo lograrlo. Y ante ese proceso, sus neuronas y pensamientos se agitan bajo tierra en el verdadero centro de decisión y sumidero de almas de esta ciudad, el metro. Y es que esta mujer tiene, como todos nosotros, un interior y un exterior.

Y si la vida interior de Madrid es intensa, la exterior no tiene nada que envidiarle. Grandes desplazamientos, ilusiones que se rozan, sueños que ya se tocan…las extremidades de Madrid tienen nombre en forma de letras y números, desde la A-1 hasta la A-6. Esta mujer disfruta con el intercambio de experiencias; tiene mucho que contar y aún más que escuchar. Su leyenda aumenta sumando las desventuras de sus futuros y eternos hijos. Eso, para los que no lo sepan, se llama generosidad. De cuando en cuando, Madrid sale el patio cuando llueve. Las gotas frescas caen en sus brazos como los coches y autobuses inundan el pavimento de la ciudad. Y Madrid sonríe.

Y es ese altruismo el que hace que Madrid viva la vida mediante sus hijos. Esta madre les regaló hace años sus sentidos. En un piso de la calle Santiago el Verde, un madrileño de Aluche ve una película de Almódovar mientras que un madrileño de Huelva degusta unos chopitos, al tiempo que busca por la ventana a su chica de ayer entre el manantial de gente que sube una mañana de domingo al rastro. En Madrid, uno sube ó uno baja. Tiene curvas. Madrid está buena.

Y quizá lo mejor sea eso. Madrid gusta, se gusta y se deja tocar. Un paraíso para dioses como Cibeles o Neptuno, a los que les sobran los ascensores de las cuatro torres que les llevan al cielo porque opinan que su casa ya está aquí. Es un reducto de felicidad en base a pequeños detalles para la mayoría de nuestras familias. Un escenario de película imposible donde Tony Leblanc y Carmen Maura tendrían una niña de ojos saltones llamada Penélope. Madrid es un cómic donde escribimos junto a Forges. Es un vistazo desde el segundo anfiteatro del Bernabéu imaginando un gol de Torres o una parada de Casillas (seamos políticamente correctos). Es un piso de Erasmus con gente de la casa de América, la torre Europa y el barrio de la Latina. Es un tratado de medicina interna de Gregorio Marañón. Es un zoo lleno de gatos y perros, con góngoras y quevedos emborrachándose mientras escriben la historia. Es una consulta de psiquiatría con San Isidro de cliente. Es un párrafo de la Constitución escrito por Mecano. Madrid es un teatro de Lope de Vega, todo eso y más.

Por tercera vez, los hijos de Madrid quieren hacerle un regalo a su madre. Dentro de siete años, quieren organizar una fiesta con gente procedente de todo el mundo. Y, como se suele decir en estos casos, lo importante es la intención. Tarde o temprano, Madrid tendrá la olimpiada. No existe nadie en el planeta que pueda negarse al encanto de esta mujer, a su sonrisa, a su aduladora presencia…aquí caben todos y sigue habiendo sitio para alguien más, sintiéndolo por Joaquín.

Y si la fiesta se pospone…no pasa nada. Iré a visitar a la puerta de Alcalá para decirle “Hola, everyone”, mientras giro la vista y sonrío de un modo cómplice al lejano edificio de Metrópolis. Como hijo de Madrid y nieto de Chamberí que soy, seguiré amando a esta ciudad. Como ella siempre ha hecho conmigo.