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Buscando, pensando y volviendo a buscar

martes, 4 de octubre de 2011

Puede que te sientas mayor cuando...

- Cuando tienes más años que la mayoría de futbolistas que conoces.
- Cuando te quejas al agacharte.
- Cuando te afecta la humedad.
- Cuando un sábado a las 3 de la noche te parece tarde.
- Cuando grabas un recopilatorio de crooners (culpable y orgulloso).
- Cuando los adolescentes te parecen el peor colectivo vivo sobre la tierra.
- Cuanto tuerces el gesto al pensar en un albergue.
- Cuando los colores vivos empiezan a desaparecer de tu calzado.
- Cuando las conversaciones sobre bares a los que ir se convierten en conversaciones sobre colores con los que pintar una habitación.
- Cuando te haces un análisis por rutina.
- Cuando te das cuenta de que la política no existe.
- Cuando te divierte Mad Men. Sí, así es.
- Cuando no haces deporte porque 26 grados te parece demasiado calor.
- Cuando la arena de la playa te molesta.
- Cuando conoces lo que te cobra por hora un fontanero.
- Cuando te conformas con cualquier terraza.
- Cuando vas por ahí recomendando medicamentos. Loco.
- Cuando vas a coger el coche y lo primero que haces es buscar nuevos arañazos.
- Cuando no le encuentras sentido a las fiestas populares.
- Cuando existen los domingos por la mañana.
- Cuando has tenido más de una cámara digital.
- Cuando crees que la gomina es asquerosa y te preguntas como pudiste utilizar esa especie de semen de camello para tu pelo.
- Cuando entras al Pull&Bear y piensas "pero qué cojones es esto??"
- Cuando no recuerdas cuanto tiempo llevamos con el euro.
- Cuando intentas entender la sección de economía de un periódico.
- Cuando reflexionas sobre aquel juego de la infancia, “Chucho”, y piensas que era una puta mierda.
- Cuando comienzas a considerar las agencias de viajes como una opción.
- Cuando usas la palabra “chaval” con tono paternalista.
- Cuando ves las abdominales de Aznar.
- Cuando tuteas a tu médico.
- Cuando vas a un spa. Sí, mola, pero hay que reconocerlo.
- Cuando llamas "spa" a un balneario.
- Cuando te duelen las rodillas.
- Cuando piensas que todo tiempo pasado fue mejor.
- Cuando sales a pasear por tu barrio y todo te parece nuevo. Sal más a la calle, desgraciado.
- Cuando sales a pasear.
- Cuando Imanol Arias no sólo te cae bien, sino que te empieza a parecer un ejemplo.
- Cuando utilizas la expresión “se conserva bien”.
- Cuando empiezas a abandonar a tu mochila.
- Cuando los meses no tienen 31 días sino 800 euros de hipoteca más un huevo de gastos.
- Cuando tienes más americanas que bañadores.
- Cuando pierdes el tiempo ligando. Tal cual.
- Cuando comienzas a coleccionar cosas. ESTO es el principio de tu muerte.
- Cuando todo te parece caro.
- Cuando sabes lo que es el Ibex-35.
- Cuando no te interesan los bajos de Argüelles (enhorabuena).
- Cuando te encanta Norah Jones.
- Cuando te sorprendes a ti mismo comprando un marco de fotos.
- Cuando sabes lo que quiere decir “vehemente” ó “magnánimo”.
- Cuando pasas más tiempo en el gimnasio que en la calle.
- Cuando la noche perfecta incluye un restaurante sin música ambiente.
- Cuando vas al cine a la sesión de las 8.
- Cuando te jode el efecto karaoke en un concierto.
- Cuando recuerdas la Olimpiada de Barcelona. En el 92...
- Cuando España no te parece “la hostia”.
- Cuando el vino se hace frecuente en tus comidas o cenas de fin de semana.
- Cuando piensas en qué es oficial y qué no lo es.
- Cuando lo que más te interesa en un bar es si te puedes sentar.
- Cuando te compras una manta. Nenaza.

- Cuando piensas reiteradamente “ESTO ME HACE SENTIR MAYOR”

Pero tranquilos, mañana se casa la Duquesa de Alba, ¡chute de juventud para todos!

lunes, 3 de octubre de 2011

El fútbol y las emociones

Recuerdo aquella cerveza que me tomé hace ya varios años en uno de los bares más clásicos de mi barrio. Tras ciertos sudores, me supo a gloria. Gloria de mi equipo, que acababa de ganar la liga en la última jornada. Y allí estaba yo, reponiendo fuerzas junto a mis amigos y viendo los resúmenes del plus al acabar los partidos. Y tras haber vivido unos momentos de bienestar por el título logrado nos quedamos ensimismados ante la pantalla. Docenas de aficionados béticos se comían al periodista que intentaba relatar cómo el Betis se había salvado del descenso. Joder, eso sí era alegría. Nada de euforia contenida, de pensamientos sobre próximos objetivos ni de luces de interrogatorio apuntando a responsables de la agonía de la situación. La alteración sufrida no tenía culpables, sencillamente era el motivo de ese estado tan satisfactorio. Euforia y una felicidad tan simple de definir como complicada de conseguir. Me giré y denoté en mis amigos Felipe y Rodrigo la misma cara que yo y seguramente la misma reflexión mental:

- “Vale, se quedan en primera, es normal que estén contentos, pero…¡nosotros hemos ganado la liga! Y eso vale mucho…¿no? Quiero decir, se supone que es más…y yo estoy feliz. Ellos recordarán este momento durante toda su vida, pero yo también estoy muy contento…¿no? Chicos, la liga está bien, ¿no? Chicos….”
Continuamos nuestras cervezas. Al día siguiente había que trabajar, el Real Madrid había ganado la liga y nosotros seguíamos teniendo los mismos problemas e ilusiones de siempre.


El deporte es esa elaborada receta que conjuga muchos ingredientes con un resultado perfecto. Cada deporte es un plato diferente. Los hay sabrosos, de digestión pesada, ligeros, rápidos, saludables…sin embargo, para todo buen espectador ó analista deportivo que se precie, hay un componente que jamás puede faltar. Se llama “emoción” y, ojalá me equivoque, pero este condimento lleva un tiempo siendo el gran olvidado del plato combinado más consumido en España, el fútbol de élite. O lo que es lo mismo, esas dos nombre propios tan contrapuestos como necesarios, tan antagónicos como similares. Madrid y Barcelona. Barcelona y Madrid. Porque en España eso es lo que se considera fútbol, o al menos el que importa a la masa social.

En este país hay varios tipos de fútbol y, con ello, varias clases de aficionados. Obviando con todo respeto a la gran mayoría que practicamos este deporte como afición y a los profesionales que se ganan la vida como pueden en campos que hasta hace muy poquito eran de tierra, me remitiré a las dos principales categorías del país. En la segunda división (dejemos de lado por un simple momento los patrocinios), podrás encontrar un amigo de toda la vida aficionado del Guadalajara, un equipo recién ascendido a la categoría, con el corazón disfrutando del momento (marchan en una cómoda séptima posición) y la cabeza advirtiendo del objetivo real del equipo a final de temporada. En esa afición, cada partido es un latido diferente y una nueva ilusión. Un acontecimiento novedoso todos los fines de semana que provoca nuevos encuentros, costumbres y procedimientos. Viajes, quedadas, compañías, gritos, alegrías, tristezas…lo que se dice un tiempo para recordar, independientemente del final.

Además, tendrás un cuñado o un jefe forofos de históricos como el Celta, Valladolid o el Murcia. Hablamos de clubes cuyo pasado les condena a pelear por subir de categoría. Podrán estar en mejor o peor momento, pero sus aficionados seguramente no disfrutarán tanto como los del Guadalajara. La responsabilidad e inseguridad de su verdadero potencial se posan sobre los hombros de los hinchas, en lo que es una especie de espera incómoda por saber si volverán a acoger los focos punteros del fútbol de primera. La ilusión les ayuda pero las emociones les encogen. Y junto a ellos, con los mismos síntomas pero elevados potencialmente al nervio puro, reposan en un movimiento continuo las aficiones de los recién descendidos a segunda. En estos casos, la responsabilidad se convierte en deber, la emoción en agonía y el fútbol pasa a ser ese pensamiento continuo, irregular, incluso algo molesto, en la cabeza de todo buen y sacrificado hincha. La famosa campaña del Atlético “Un año en el infierno” lo definió perfectamente. Esta temporada, el Deportivo recibe la herencia y, de momento, las pulsaciones en La Coruña andan, lo que se dice, oscilantes. Yo de ellos intentaría estar tranquilo, siempre y cuando juegue Valerón.

Y ya en primera división, el nivel de alteración suele resultar bastante heterogéneo; estamos en una competición en la que dos equipos pelean por la liga, fracasando el que la pierde. Un grupo de cinco ó seis clubes intentan llegar a posiciones europeas sabedores de que los ciclos deportivos provocan que el año en el que quedaste sexto se continúe con una temporada triunfal en la cuarta posición o la pérdida del crédito con un decepcionante noveno puesto. Y luego están el resto de los equipos, que cada año protagonizan una carrera similar a la de los autos locos de Pierre Nodoyuna, un “sálvese quien pueda” aderezado con embargos, sorpresas, dramas, injusticias, árbitros y de vez en cuando, un poco de fútbol. Taquicardia pura.

Sin ánimo de generalizar (o al menos de no hacerlo del todo) me resulta curioso ver que cuanto mayor es el objetivo al que se aspira, menor es el nivel de emoción que pueden llegar a sentir ciertas aficiones. Obviamente, hay excepciones. Pero pregunten a aficionados del Levante por la permanencia y a aficionados del Valencia por la Champions. Ambos consiguieron el objetivo el año pasado y disfrutan esta temporada de la liga BBVA (paréntesis publicitario abierto de nuevo) y de la máxima competición europea. ¿Lo celebraron por igual?, ¿sufrieron lo mismo durante la temporada?, ¿qué parte de su sentimiento era verdadera emoción, apoyo a los colores o reproche a los jugadores o cuerpo técnico? No pretendo entrar en análisis de cada afición porque las posibilidades y potencial de cada club son diferentes, así como la implicación personal de cada aficionado. Pero sí que creo que se pueden sacar conclusiones sobre la psicología del aficionado en función de las metas, logradas o no.

Yo me considero aficionado y simpatizante del Real Madrid. De los de toda la vida, sí, pero también de los más críticos. De los que saltan de su asiento con los goles de Higuaín pero de los que no salen contentos del Bernabéu tras ganar 3-0 al Ajax porque el juego les parece paupérrimo. Y una cosa puedo asegurar. Las ligas del Madrid se celebran poco. Verán miles de personas en la Cibeles, recepciones con Gallardón y Aguirre, recordatorios a aficiones rivales en los reportajes de las televisiones a pie de estadio…de acuerdo. El recuerdo y la emoción de la liga conseguida le dura al madridista medio pocos días. Es un aficionado difícilmente estimulable e incluso me atrevería a decir que la única forma de provocarle una perturbación real es que el equipo derrote al Barça o que gane la tan traída décima Copa de Europa (volvemos a las denominaciones antiguas). Si estos dos hechos se produjeran a la vez, entonces el clímax colectivo madridista llegaría a cotas nunca alcanzadas.

Podemos extrapolar este marco al F.C. Barcelona con muy pocas diferencias. Y a otros grandes como Milan, Bayern Münich, Manchester United, etc. Si sesgamos las lógicas distinciones culturales (siempre se dice que en Italia el fútbol es una cuestión de vida o muerte, en Inglaterra una tradición social y en España un espectáculo), las reacciones humanas a los triunfos más elitistas del fútbol son muy similares. Me dirán que es normal, que el Real Madrid ha ganado nueve Champions, que el Barça lleva doce títulos en tres años y que Milan, Bayern y United han ganado sus campeonatos nacionales más de sesenta veces entre los tres clubes.

Las cifras son ciertas pero las sensaciones son subjetivas. ¿Es mejor ver once ligas del Barça a lo largo de tu existencia o vivir once ascensos del Real Murcia (son los que ha logrado en su historia)? Los sentimientos no entienden de calidad pero sí de intensidad y quizá la condición humana hace que los triunfos se asimilen más rápidamente que las derrotas. Que nos acostumbremos a lo bueno pero tengamos cierta relación de odio-atracción con las dificultades deportivas de nuestros colores. Quizá el fútbol sea realmente importante en las vidas de muchas personas y trasladan a él sus ilusiones y frustraciones.

Este escrito no tiene ningún afán intencional sobre los aficionados de fútbol, pero sí quizá sobre el destino que rige el deporte. Querido futuro condicionante, tráenos emoción. En todas las competiciones y a todos los niveles. En regional y en primera. En la copa y en la Champions. No quiero volver a ver unos cuartos de final y unas semifinales resueltos todos ellos en la ida, que se le llama la mejor competición del mundo por algo. Vamos, que se compite.

Un servidor entiende que el fútbol no es lo que era. Que la industria, el negocio, las grandes marcas y los intereses mal dirigidos se han comido buena parte del deporte y de lo atractivo de sus orígenes. Pero a este humilde servidor le gustaría que la gloria de los más altos logros del fútbol fuera algo muy difícil de conseguir. Le gustaría que todas las veces en la vida fueran la primera vez. Quiero ver saltos, uñas rotas, lágrimas y reporteros abrazados y por borrachos. Quiero que mi gusto y sentido por analizar sea fagocitado por mi instinto de gritar. Quiero fútbol no sólo con la cabeza sino también con el corazón.


twitter: @JosePortas

domingo, 25 de septiembre de 2011

Buscando el problema

Una cosa corta para terminar (o comenzar) la semana. Recomiendo ver Salvados, un programa que hace reír y reflexionar, algo utópico en la televisión actual. El capítulo de hoy trataba sobre la imagen de los políticos en España.

¿Estamos representados en las cámaras por políticos interesados, alejados de la realidad, demasiado bien remunerados y con muy poca autocrítica? yo digo; seguramente SÍ. Ahora bien, si eligiéramos a 350 diputados anónimos, cazados en la calle, con aptitudes y formación similares a los actuales...¿se les acusaría de lo mismo tras un año de trabajo?, ¿se defenderían ellos con los mismos argumentos que usan los políticos reales?....sin querer defender al gremio, me planteo si es un problema de la profesión de político y todo lo que se ha desvirtuado...o es algo simplemente cultural en España, sobre la crítica, la envidia y todo ello acuciado por la crisis, que ayuda a cargar de razón una serie de argumentos que ética y moralmente la llevan pero elevados al juego democrático que tenemos que aceptar, son más que discutibles.

Es más difícil analizarse a uno mismo que a los que te rodean, pero también más conveniente. Me viene a la cabeza el refrán aquel de "de estos lodos...". Ser autocrítico, exigente y magnánimo con tus representados o representantes es más que necesario en la relación político-ciudadano y la autocomplacencia no favorece a nadie. Y la responsabilidad la tenemos todos, ciudadanos y parlamentarios, durante todo el año y no sólo en las elecciones.

Así que a informarse, a pensar un poquito las cosas y a intentar no caer en los topicazos sin antes reflexionar al menos acerca del lugar al que nos lleva el aplicarlos. Para los que hayáis visto el programa, la reflexión es producto de ver la intervención del líder de CIU, Duran i Lleida, que en mi opinión no ha dicho ninguna barbaridad, pero ha mostrado una actitud defensiva ante la disparidad de criterios con la ciudadanía, lo que demuestra que vive en otro mundo. Por otro lado, con políticos como el senador Juan José Lucas admitiría otro tipo de juicios. Le conoceréis por tener una frente más abultada que la provincia de Segovia. Ver a este tipo defender la existencia del Senado con una total intransigencia, distanciamiento de la realidad y gusto por el púlpito al que ha llegado a puertas de la jubilación me produce asco. Así no. Parece mentira que a estas alturas haya que explicarle a este hombre que no todos los ciudadanos son políticos, pero todos los políticos son ciudadanos.

Pues eso, toca entenderse. No seamos cazurros.


miércoles, 31 de agosto de 2011

El mundo será de los grises

"La virtud está en el término medio, entre el extremo por exceso y el extremo por defecto". Esta cita de Aristóteles me viene frecuentemente a la cabeza sin un motivo claro, ya que no tengo ni leves conocimientos de filosofía. Pero me resulta curioso que sea así y más en días en los que escribo sobre temas como el de hoy.

¿Qué es la virtud? Básicamente, es una cualidad estable de una persona, natural o adquirida y positiva, formada por la capacidad de aprendizaje, diálogo y reflexión de cara a obtener un conocimiento verdadero. Una definición algo barroca, así que pondremos en negrita lo que tiene que ser rescatado.

Uno despierta por la mañana, no sin cierta pereza; se toma un café soluble con dos cucharadas de azúcar y lo calienta en su microondas. Se sienta y comienza a leer los periódicos y absorber actualidad con la esperanza de que el mundo se recupere, se arregle. Con el deseo de que se evaporen la crispación, los malos entendimientos y los radicalismos. Pero es imposible. Ya ni siquiera digo difícil.

Me considero un tipo objetivo. O al menos mi intención es esa; no la de parecerlo, sino la de serlo. No busco la verdad universal, pero sí la que más se le acerque. No soy blanco ni negro, ni quiero serlo. Soy un grisáceo de mucho cuidado. Y esta es la causa por la que me altero cada día al leer los periódicos, ver los informativos o simplemente vivir mi vida como lo hacemos todos. Estoy cansado de contemplar y sufrir el “conmigo o contra mí” en la mayor parte de facetas que rodean mi día a día. Podría llamarlo el síndrome de la clase media. Nunca soy de unos ni de otros; cuando analizo un problema veo pros y contras, pero jamás me posiciono radicalmente en uno de los lados porque comprendo los argumentos del contrario (con excepciones, claro).

Entiendo y apoyo la militancia en una causa determinada pero sin ignorar el deber de avanzar en el conocimiento. A veces apoyamos ciertos movimientos o tendencias sin pararnos a pensar en su origen y modus operandi y simplemente fijándonos en las metas que persiguen. A lo mejor esto se resume en la dualidad que lleva persiguiendo al ser humano desde que yo lo conozco (veintinueve años de concienzudo análisis). El qué frente al cómo. El objetivo frente a los medios. El resultado frente a las formas. En cualquier caso, hablemos de una asociación, un colectivo o una simple actitud personal en nuestra vida, me parece esencial tener autocrítica para avanzar. Y quizá éste sea el verbo clave; el que debería ser más deseado y se convierte, sin embargo, en el más abandonado.

Estoy harto de estar continuamente envuelto en una guerra ideológica, una batalla constante donde el ser diferente va asociado a ser excluido, donde la discordancia se interpreta como una ofensa que debe pagarse. Todos los grupos están formados por individualidades diferentes, por muy homogéneos que sean. Y si tendemos a represaliar cualquier pensamiento o forma de ser ó actuar diferente de la mayoría que nos rodea, nos cargamos el sentido crítico que es el que nos hace avanzar y configurar nuestra personalidad.

En España nos encantan las etiquetas. Estamos en una sociedad formada por grandes o pequeños grupos, que dedican casi la totalidad de su tiempo a definir su exclusividad y marcar sus límites, olvidándose del verdadero fin o, lo que es mejor, de los medios ó formas que les han hecho juntarse. Claro, aquí nos gusta discutir. Pero, ¿qué es discutir? No es lo que vemos (o no) en Telecinco. Estamos olvidando que la discusión no tiene por qué tener un matiz peyorativo. Existe una incapacidad española manifiesta para divergir sin insultar, va en el carácter. No se defienden unas ideas ni unos valores ni unas medidas; se defiende una actitud, generalmente refrendada por un grupo. No sé si es miedo, instinto de supervivencia o simple conformismo borreguil, pero suele ser así. Aquí gana el más cabezón, el más pesado, el que más insiste. En las discusiones no se busca llegar a un punto en común, sino provocar los fallos del contrario y echarle en cara sus contradicciones. Y la manera más rápida de lograrlo es sacarle de quicio. Es el catenaccio fuera del césped convertido en relación social. En base a echarle dos cojones se mantuvo por ejemplo la selección española de fútbol durante noventa años. Eso sí, los triunfos de verdad se consiguieron con otro recetario.

Resumen de un pleno del Congreso de los Diputados. Intervenciones del PSOE, intervenciones del PP…se hace el silencio. En los medios de comunicación, el bipartidismo y ligeras menciones a los que más gritan y a los que más callan. Nada más. ¿Es que no hay más tendencias? Sí, pero no reciben atención mediática. Imposible encontrar autocrítica, aprendizaje, diálogo y reflexión en el foro en el que se descubre nuestro futuro. Y lo que es peor, no hay ni intención interna ni externa de salir de este círculo vicioso. Me pregunto si a los círculos de poder que rodean la política les interesan la diversidad de opiniones, la coherencia ó la pluralidad. Me respondo yo solo.

Todo esto siempre me ha descolocado y me he sentido profundamente dividido y entre dos tierras a lo largo de mi vida. Empecé con la EGB, continúe con la ESO y acabé en una universidad de segunda. Los libros me costaban un pico pero era “demasiado rico” para que me dieran una puñetera beca. De ayudas del estado, mejor no hablamos. No pertenezco a ninguna minoría, afortunada o desafortunada. Así es como triunfan los extremos. Sales de marcha y tienes amigos que quieren oír a Bisbal (“escuchar” es una utopía) y otros que prefieren malasañear. No es mi caso, pero a todos os resultará familiar esta discrepancia. Y la música que se escucha de fiesta nocturna es uno de los mayores puntos de discusión mal entendida. Vas al Bernabéu y te llaman “pseudomadridista” porque no apoyas a un entrenador maleducado, irrespetuoso y que incita a la violencia. Hace siglos, por ser heterodoxo te quemaban en la hoguera. Hemos mejorado; hoy en día, te excluyen, te ignoran con atención y te tratan como un bicho raro.

En general, la cuerda de la educación y el respeto ha hecho que me mantenga en un tira y afloja constante entre lo que he debido hacer y lo que me hubiera resultado más ventajoso. Y eso, en términos de sociedad, es una cagada. Aceptada y refrendada con coletillas tan gastadas como “ya, pero es así” o “¿y qué vas a hacer?”. Pero no por aceptada deja de ser cagada.

Yo abogo por pensar. En el qué, el cómo y el por qué. Y preguntarse a uno mismo. No pretendo imponer unos valores, pero sí me gustaría que cada uno actuara en base a unos, por muy diferentes que sean de los míos. Y ya si entre ellos están todos aquellos términos destacados en negrita en este texto, me redimiré de lo aquí escrito. Viviremos mejor, más tranquilos, más conscientes y aprovechando un mayor potencial. No vamos a cambiar el mundo pero sí vamos a mejorar nuestra vida.

Y observando el esperpento en que se ha transformado esta especie de sociedad con la que no me identifico en absoluto, a mí me vale con eso. Si soy un GRIS, lo seré hasta el fin de mis días…



Ilustración de Agustín Maya

martes, 23 de agosto de 2011

tolerando

Pasó la semana católica y me ha dejado una resaca desagradable pero que supongo corta. En todo caso, me sirve para actualizar casi un año después el blog, a ver si me depilo drásticamente la pereza y me inyecto algo de creatividad para poder escribir de vez en cuando. Aquí dejo mis comentarios sobre las Jornadas Mundiales de la Juventud, aprovechando la siguiente editorial de Inocencio Arias en El Mundo.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/cronicasdeundiplomaticojubilado/2011/08/18/por-que-incordia-el-papa.html

"...un tipo listo este Inocencio Arias, siempre me cayó bien desde su época de directivo del Real Madrid.

La buena argumentación del texto y ciertas verdades no impiden ver que el señor Arias hace unas afirmaciones un tanto tramposas, muy del modo católico; es decir, amparándose más en las palabras que se lleva el viento que en los hechos que, generalmente, no coinciden con lo anteriormente expuesto.

Pongo en duda el orden y concordia de la invasión católica en Madrid estos días. El ruido es ruido, venga de un borracho o de unos teenagers adorando al papa; que se lo pregunten a los habitantes de cualquier distrito céntrico. Y la invasión, como tal, no puede definirse como ordenada, tratándola como invasión. Aunque esto es más responsabilidad de las instituciones que de los propios seguidores católicos.

Respecto al gasto público de la visita y el tema de la propaganda gratis...menos lobos, Caperucita. Está comprobada y aprobada la partida presupuestaria pública destinada a la JMJ, encabezada por la Sra. Aguirre, muy acostumbrada a saltarse los controles de dinero del consorcio de la comunidad (como por ejemplo el aumento del billete simple del metro). Quizá esto es lo que lleva a miles de madrileños a manifestarse en contra. Por cierto, en cualquier otra circunstancia los anti-manifestantes de una causa no pueden interferir en el desarrollo de la manifestación a favor de esa causa. Es decir, ¿qué pintaban los peregrinos católicos en Sol el día de la manifestación laica? He leído mucho sobre actitudes beligerantes pero nada sobre provocaciones ilegales, por no poder estar allí. Pero claro, ver a la policia cargar contra los pobres peregrinos es mucho pedir, es más fácil hacerlo contra los que se manifiestan legalmente.

Obviamente sería mucho más fácil apelar a la solidaridad de la gente si la causa de la jornada fuera algo más tangible, común y beneficioso a todos que no una creencia (respetable siempre) que desde las instituciones te intentan imponer.

Como dice el señor Arias, resumiendo. Quizá las protestas vienen por la actitud. La de la Iglesia, la del Papa, la del núcleo político pro-JMJ, la de los católicos que uno puede conocer personalmente, la que he comentado en el primer párrafo. No vale hacer trampas; no vale decir una cosa y hacer otra; no vale promulgar unos principios y actuar en base a otros muy distintos. Y sobre todo, no vale hacerlo con el dinero de todos en un estado declarado constitucionalmente laico. Quizá todas estas actitudes se resuman frases como la que la señora Aguirre colgó ayer en su twitter:

- La igualdad, dignidad, libertad... los ha traído el cristianismo. Que no se crean que los ha traído Karl Marx.

Y sin entrar en apreciaciones personales sobre la estética (clasista), simbología (de mal gusto) y discurso católico (demagógico) que oigo estos días, lo que está claro es que no hay nada más contradictorio que la palabra y las acciones de la Iglesia Católica, las pasadas y las presentes, muchas de ellas mejor no recordarlas y así lo hacen muchos de los jóvenes que inundan Madrid, a los que no me imagino llenando parroquias los domingos....así que si uno piensa un poco, no es tan extraño encontrar razones lógicas a la tirria de buena parte de la sociedad a la invasión católica de estos días.

Y aunque vivimos en un país profundamente extremo, incomprensible e hipócrita, tomar por cierta la última afirmación de Arias es pensar que somos todos imbéciles. Me río cuando veo el uso que se hace estos días de la palabra "tolerancia". Hoy mismo el papa ha pedido "radicalidad católica frente al rechazo de la fé". ¿Qué mierda de tolerancia es esa? Esta Iglesia no acepta la coexistencia, exigen el conmigo o contra mí. ¿Es "mala" la doctrina católica o los cimientos que la sostentan con una finalidad tendenciosa?, ¿tiene base juvenil la religión católica?, ¿o esa base está más fundamentada simplemente en lo que diga la Iglesia?

No conozco acción más intolerante que la imposición. Y es precisamente mi tolerancia la que me hace respetar el jaleo católico que trae el papa y su séquito pero mis derechos ciudadanos son los que me hacen cuestionar el cómo y el por qué. Es más importante la pérdida de dinero que el destino al que va, lo que no quita para que la indignación sea aún mayor.Así que si los católicos quieren venir a Madrid, que vengan cuando quieran. Igual que los ateos. Pero sin privilegios. O pagan todos o ninguno, crean en Cristo, en Buda o en Super Ratón. No hay mejor manera de mostrar tu tolerancia que aplicando la igualdad de trato. Y no hay ciudad más tolerante que ésta. Que se demuestre..."