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Buscando, pensando y volviendo a buscar

lunes, 2 de agosto de 2010

La teoría del árbol

Hay una visión de la vida sobre la que me he pasado reflexionando buena parte de ella. Algo así como la teoría del árbol, la llamo yo. En lo que no gasté demasiado tiempo es en ponerle un nombre, resulta una explicación bastante gráfica al conocer el fundamento de esta absurdez.

Pienso en ello estos días como consecuencia de los ciento treinta y seis minutos que empleé hace unas tardes viendo Mr. Nobody. Y digo “empleé” porque realmente es una película que te propone un intercambio de ideas, colores, imágenes e historias, en mi opinión, bastante agradecido. Es complicado imaginarse este largometraje sin la aportación personal de cada uno de los espectadores del cine. ¿Sobre qué trata Mr. Nobody? No es fácil definirlo, pero podría decirse que es una historia de historias. Un mundo de posibilidades descubiertas gracias a la paradójica magia de la ciencia ficción.

Seguro que alguna vez has pensado en lo que habría ocurrido si hubieras cambiado de signo una de las grandes decisiones que has tomado en tu vida. O una decisión no tan importante en su momento, pero totalmente condicionante con lo que ahora sabes. Yo suelo imaginármelo con un momento recurrente y no demasiado original, una (a)típica elección de carrera y de rumbo profesional. Recuerdo aquella semana de verano del 99. Una de las peores de mi vida; me encontraba corroído por las dudas tras un examen de selectividad y un bachillerato cuanto menos irregular. No era demasiado normal doblar mis notas en asignaturas de letras respecto a las de ciencias cuando yo deambulaba por el itinerario de éstas. En cuanto supe mi nota final, hice una gira de visitas a facultades, universidades y centros de orientación para tener más claro que iba a hacer con mi vida. Muchas posibilidades pasaron por mi cabeza, todas ellas descartadas de un modo gradual, a saber…biología, forestales, psicología, geografía, periodismo (en universidad privada, hubo conversaciones al respecto)…hasta que llegó el día.

Un caluroso lunes, Felipe y yo nos presentamos en la cola de admisión de la Carlos III para entregar nuestro papel-sábana en el que habíamos escrito nuestras elecciones definitivas. Hasta diez carreras con sus respectivas facultades. Casi dos horas de espera para llegar a la oficina y de repente…me detuve en la entrada. Cuan película americana de los noventa, miré con cámara superlenta mi sábana de papeles y me di la vuelta. Me faltó sonreír, una slow motion profesional y el Bittersweet Symphony de fondo para optar al Emmy. Felipe me preguntó qué hacía y le dije que no estaba seguro de lo que ponía en mi solicitud. Esbozó una media sonrisa de desaprobación y entró en la secretaría. Yo no.

Llegué a mi casa y rompí la sábana. A tomar por culo la ingeniería técnica informática de sistemas como primera opción y la farmacia como segunda. Dos días después, decidí ascender del bronce al oro a la nueva opción de Ciencias Ambientales en una universidad nueva. Nota de corte desconocida, campus inédito. Quizás tenía tanto miedo a elegir mal entre lo que había visto que preferí escoger la alternativa anónima de palabras e imágenes. Era una probabilidad baja, ya que mi nota de corte era bastante inferior a la de esa misma carrera en otras universidades. Sin embargo me cogieron. Con tan sólo dos centésimas de margen, pero me cogieron.

Es un tanto pretencioso intentar imaginar cómo sería mi vida actual si no me hubiera
dado la vuelta en la entrada de la secretaría de la Carlos III. Ciertamente a veces me resulta inevitable, aunque es más un juego que otra cosa. Pero prueba a hacerlo con cualquier otro insignificante fragmento de tu vida:

...una mañana en la que sales de casa pero te das la vuelta por haberte dejado las llaves. Vuelves a salir y te cruzas con un antiguo amigo que, a la larga, te ofrece jugar al tenis el próximo fin de semana; el sábado subes al autobús, coges con retazo perezoso el periódico gratuito del día anterior (al conductor se le ha pasado limpiar el asiento) y observas una sorprendente oferta de becas en tu campo laboral, donde te aceptarán y te servirán de trampolín para acabar en una importante empresa...

...un domingo en el que no te apetece salir haces zapping en casa; de entre las decenas de canales que inundan tu televisión, de repente coincide la pulsación de tu dedo en el mando con la del trabajador de un canal minoritario que decide emitir, justo en ese momento, el tráiler de una peli que te llama mucho la atención. Llamas a un amigo para ir a verla esa misma tarde y él, de forma espontánea, se trae a un colega suyo que tú no conoces. Resultáis muy afines y estáis solteros, así que comenzáis a salir como bros de ligue con buenas intenciones en cuanto a juego pero apenas plasmadas en resultados. Como sois inconformistas con las sensaciones y buscáis algo que os llene más que una adolescente coctelera del Crash, tu nuevo colega nocturno decide presentarte a una amiga suya con la que piensa que congeniarás. Zas. Novia al canto. Gracias al trabajador anónimo de Localia...

La teoría del árbol.

Todo se inicia en un tronco. Ancho, lleno de sabiduría y posibilidades. En cierto momento de tu vida, empiezas a tomar decisiones; cada una de ellas es una rama que, día a día y opción a opción, se va dividiendo a su vez en pequeñas ramitas. Puedes pensar que la jodienda mayor es que sólo se ve un camino iluminado entre los cientos de líneas irregulares que uno vislumbra en la silueta del vegetal. Es tu trayectoria, el camino que has seguido. Influido por tus decisiones y también por factores ambientales, familiares y coyunturales, probablemente comunes a cualquiera de las ramas del árbol.

¿Vale la pena rebuscar en la variedad de caminos que no has elegido? Probablemente no. No los conoces ni en su fondo ni en su forma; es de listillos pensar que puedes girar la cabeza y suponer qué hay al otro lado de la alambrada. Yo creo que no tienes ni idea. Y así es mejor. Dice una regla antropológica algo así como

´…you must immerse yourself in an unfamiliar world in order to truly understand your own…`

Si encontraras un pequeño agujero por el que asomarte al resto de ramas del árbol, seguro que echarías un largo vistazo. Ejercer la curiosidad es humano, pero perderla te condiciona. Quizá tus posibilidades recien conocidas te darían más información. Pero no te harían más sabio. A lo mejor te resultaría confuso saber realmente quién eres y qué quieres. Y no te engañes, ESO es lo que buscas, la información básica que quieres y debes poseer. Y si has seguido una rama determinada, será por algo. Así que levanta tu cabeza con orgullo y mira hacia delante. Deja de buscar agujeros, todos los caminos son correctos y tú ya tienes el tuyo.


La teoría del árbol


PD: El episodio 22 de la 4ª temporada de Cómo conocí a vuestra madre ilustra este conjunto de ideas (que yo embarullo con palabras) de forma más gráfica y desenfadada, lo recomiendo completamente.


lunes, 26 de julio de 2010

Qué raro va a ser esto ahora

A veces uno no tiene palabras para expresar lo que siente. Otras, sin embargo, resulta bastante más fácil encontrarlas. Hoy es un día así. Enhorabuena y muchas gracias.

Raúl González Blanco es el futbolista que mejor representa los valores de un deportista, personalizados además en el club en el que ha hecho historia. Se trata del mayor competidor que he admirado sobre un terreno de juego y el perfecto ejemplo de profesionalidad, trabajo y entrega visto en el fútbol de élite. El futbolista más admirado en el propio gremio y entre las aficiones rivales, por algo será. El hombre que ha cerrado bocas sin abrir apenas la suya, simplemente haciendo fenomenalmente su trabajo. Paradójico símbolo de un país en el que criticar sin fundamento es deporte nacional y la autoexigencia laboral una rareza casi inédita.

En Raúl, la suma de ochos resulta en un diez, y la respuesta está en el hambre ganadora que siempre ha demostrado. El único ejemplo que conozco en este deporte de "futbolista que encuentra el talento buscándolo". Sus ganas de superarse resumen a la perfección lo que es Raúl en el Real Madrid y lo que ha significado en la historia de este club y de sus seguidores.

Han pasado 16 años, 740 partidos, más de 320 goles y ninguna tarjeta roja. Ha ganado 6 ligas, 3 Champions, 4 supercopas españolas, 1 supercopa europea y 2 intercontinentales. Y lo mejor es que los números no es lo más importante, sino el papel que ha jugado: el de protagonista, goleador, capitán, líder moral y físico del equipo, el alma y voz de millones de madridistas. Ése es su legado real.

Este breve y atropellado texto habla sobre fútbol en estado puro. Goles, ligas, torneos, Europa, banquillo, ruedas de prensa, capitanes, responsabilidad, lesiones, polémicas, etc. Y en esto, en fútbol, sólo hay que entender un poquito para saber que Raúl ha sido un grande de la historia. Lo demás no vale nada. Esto es fútbol:

http://www.youtube.com/watch?v=7DHTxpHPMFA


Enhorabuena y muchas gracias. Te reenvío tus afectos en mi camiseta


Hasta siempre, capitán


lunes, 19 de julio de 2010

Mi camino (2001)


Ha sido realmente horrible, he llegado a tener mucho miedo, pero ahora ese es el único sentimiento que no me invade.


Toño experimentó más de una vez lo que suponía el intentar ganar dinero así. Cuando te toca a ti, un nudo tremendo sube a tu garganta como queriendo ofrecer una mayor resistencia a la locura que estás a punto de cometer. El sudor se expande por la frente como si deseara abandonar todo rastro de cuerpo indolente. No puedes evitar mojar los pantalones. El corazón late de la misma manera que lo haría si hubiese estado corriendo incesantemente durante un par de horas y lo peor es que no sabes bien como pararlo...Tu cerebro se bloquea, no puedes pensar en nada más. De todo lo que me contó Toño, fue en esto donde puso más énfasis. Me dijo que apoyase todo mi pensamiento en alguien, “esa única persona a la que realmente quieras tener contigo por siempre”. Yo no me veía capaz de pensar en una sola persona en el momento de morir, pero no le respondí ya que no creí acertado cortar en ese momento su “discurso de iniciación”. Sin embargo, Toño creía en eso (“al final, no hará falta que la busques, ya te encontrará”).


Él estaba hecho de otra pasta; Toño fue abandonado por sus padres tres meses después de venir a este mundo. Desde entonces, es fácil imaginar la historia que ha llevado a mi mejor amigo a rebotar de un escenario a otro, sin hallar un papel en concreto. Creo que crecer así le hizo más predecible como persona, pero más fuerte al mismo tiempo. Una especie de máquina sin respuestas a determinadas preguntas, aunque indestructible. Eso le gustaba mucho, que le llamásemos “indestructible”.


Fuerte pero, al mismo tiempo, frágil. Precisamente por no haber dispuesto nunca de una familia en la que apoyarse y agravado por no haber tenido recursos (ni económicos ni sociales), Toño guardaba muchísimo rencor por dentro; era sabedor de ello e intentaba controlarlo con la gente que le había ayudado. No obstante, del mismo modo en que él intentaba asentarse en la línea de la virtud, no muy lejos de su posición, andábamos Marta y yo.


Mi vida nunca fue precisamente un camino de rosas, aunque todo resultó bastante más placentero desde que conocí a Marta. Ella me causó problemas y provocó, en cierto modo, mi separación de mi familia. Pero lo más importante de todo es que Marta me trajo lo más bello y hermoso que te puede dar esta vida, pero en el momento más inoportuno. Le llamaríamos Diego.


Mis padres no querían a Marta. Ese fue el detonante, aunque no el problema. Siempre se había tratado de una cuestión de actitudes. Entre Marta, Toño y yo entendíamos los motivos que nos llevaban a seguir cada camino. Con mis padres nunca fue así y siempre he llevado por dentro el dolor de no poder compartir ciertos aspectos de mi vida con ellos. A los 17 años dejé mi casa; ellos dicen que no me echaron y tienen razón. Me ofrecieron ayuda económica cuando realmente la necesitaba, pero eso era lo único que yo no buscaba en mi hogar. Quería cariño y comprensión, además de valerme por mí mismo; y si para ello hacía falta acabar de romper la cuerda que me unía a ellos, lo haría.


No guardo rencor alguno. La última noche que dormí en casa miré a los ojos de mi padre y no noté ningún resquicio de injusticia indómita por su parte, lo que no hizo más que aflorar en mí el sentimiento de decepción, que en este caso era mutua. Empecé a plantearme si realmente mi padre era mi alma gemela, creencia que sostenía desde bastante pequeño y que las diferencias entre él y yo, extrañamente, no habían hecho más que fortalecer. Sin embargo, a mí me dolía muchísimo el corazón justo antes de abrir la puerta y sé que a él también.


Pero ese era mi camino, de eso no tengo duda alguna.


Noche fría y lluviosa. El martes nunca había sido un buen día para salir de casa, pero hacía tiempo que las circunstancias me habían arrebatado la capacidad de elegir cuando debía salir o no. Le dije a Marta que se quedase en el piso hasta que saliese el Sol. Estaba de seis meses y yo no quería que el niño corriese riesgo alguno. A pesar de ello, no me hizo caso y, lo que es peor, me acompañó más guapa que nunca hasta la parada de autobús.


Llevaba unos vaqueros desgastados; antes de ese día eran ajustaditos por la cintura, pero esa misma tarde, Marta les sacó la costura y los ensanchó para poder caber bien en ellos. No teníamos dinero para dormir en un sitio nosotros solos, con lo que pensar en comprar ropa pre-mamá era poco menos que utópico.


El origen de Marta era similar al de Toño, así que tampoco podíamos recurrir a nadie por su parte. Llevábamos viviendo seis días en un piso abandonado, cerca del centro; no conocíamos gente de por allí cerca, pero nos valíamos nosotros mismos para seguir tirando unos meses, mientras que encontrásemos algo más estable, tanto a nivel de casa como de trabajo.

Su jersey de color verde y de cuello alto prácticamente cubría su rostro. Apenas se le veían sus finos (aunque expresivos) labios. Hacía frío, llevaba puesto un gorro marrón de lana que tapaba en parte su larga, negra y brillante melena.


Estaba enfadada conmigo, al tiempo que se sentía muy orgullosa. Sin embargo, esto último no lo exteriorizaba. Sabía perfectamente porqué iba a hacerlo, pero no entendía el motivo de elegir ese camino y no otro. Yo no reconocía las posibilidades de fracasar; quería a ese niño más que a nada en el mundo, aunque todavía no hubiese nacido, y estaba dispuesto a hacer por él todo lo que hiciera falta.


Durante unas horas pensé en que Diego era mi persona, esa de la que me habló Toño, a la cual debía enganchar en mi mente el día en el que me retirara del juego. Sin embargo, mi compañera de viaje era Marta, de eso no tenía ninguna duda.


El autobús (blanco, viejo, bastante destartalado) se encaminaba hacia la parada, que se encontraba en una recta gigantesca con dirección a las afueras de la ciudad. Antes de subir, agarré a Marta por la cintura, con afán de no soltarla nunca más, y le abracé. Me devolvió el gesto, pero no me miró a los ojos, algo que todavía no he podido olvidar y que me tuvo discurriendo durante los veinte minutos que duraba el viaje hasta la última parada del trayecto, la mía.


Bajé temeroso y seguí la ruta que me había indicado el hombre con el que hablé por teléfono. Toño me dejó el número durante su charla de preparación y, respecto a él, sólo me dijo que no hiciese preguntas y que atendiera a todo lo que me indicaba y eso hice. Seguí caminando por la misma carretera por la que me había traído el autobús, hasta que me metí por una especie de senda entre unos matorrales, que venía indicada por una señal totalmente oxidada que guiaba hacia los viejos almacenes de ropa, abandonados desde que nadie que viva en esta ciudad tuviera uso de razón.


La senda era una antiquísima ruta de paseo, totalmente abandonada. Debía tener unos tres metros de ancho y estaba cercada a ambos lados por unos árboles inmensos que se alzaban por encima del terreno y cuyas copas, a una altura considerable, parecían inclinarse sobre el centro de la senda, como intentando cerrar el camino. A mitad de trazado, desaparecieron los árboles y la lluvia, hasta entonces resguardada en la oscuridad, se hizo presente golpeándome en la cara. Cada vez era más duro avanzar porque la pendiente aumentaba y aumentaba hasta cotas insospechadas (Toño me avisó: “Lo bueno es que ellos piensan en ti, quieren que llegues con el corazón acelerado para que cuando venga el momento, no notes la diferencia”). Cuando mi cuerpo dejaba de andar y empezaba a escalar, se acabó la senda. Ya estaba allí.


Un hangar de una altura considerable (aunque no demasiado grande) y con unos ventanales insólitamente enormes era lo que me esperaba. Las paredes parecían originalmente blancas, pero el paso del tiempo había derramado en ellas otros colores, que en esos momentos no acerté ni siquiera a plantearme de donde provenían. Todo lo que veía era nuevo, pero no pensaba ni me hacía a mi mismo ninguna pregunta. Era el primer síntoma, el bloqueo cerebral.


Me estaban esperando. El hangar tan solo albergaba una sala oscura, de una altura inmensa (no se veía el techo), amplia y desvalijada para la ocasión. El único mueble era una mesa circular de cristal, con un vaso de agua en cada uno de los cinco asientos y un recipiente de cerámica en el centro. Al lado del recipiente, un reloj grande de aguja (como el que tenía mi madre en el salón), sin segundero. Apoyado verticalmente sobre él, estaba la pistola. Casi ni la miré. Nunca había visto una. Segundo síntoma, el miedo a lo desconocido. Alrededor de la mesa, cinco hombres, parecidos a mí, con el rostro desencajado, sudando; todos ellos inquietos, pero sin mover un solo músculo de su cuerpo.


Todo fue muy rápido. Nos sentamos. Nadie hacía preguntas. Un tipo trajeado y con voz ronca (era el del teléfono) nos indicó el procedimiento; era algo inútil, ya que todos sabíamos a lo que habíamos ido allí. Me colocaron el tercero de los cinco, en el orden de juego. Los síntomas físicos sobre los que me había avisado Toño se cumplían paso a paso.


2:30 de la noche (marcaba el reloj central de la mesa). Tres minutos después de haberme sentado, me tocaba jugar. Los dos anteriores a mí habían ganado, saldrían de allí. Mientras que aprovechaba el minuto de cortesía entre jugador y jugador, bebí el trago de agua más dulce que haya tomado jamás mientras que, inconscientemente, empecé a buscar respuestas a todas las preguntas que bailaban en mi cabeza. ¿Por qué mi padre no me comprendió mejor o no intentó detenerme antes de marcharme de casa? ¿Por qué Marta no había sido capaz de forzar que no lo hiciera hasta el último momento? Yo tenía más miedo al rencor que a la bala y eso me marcó. Mi cuerpo temblaba y la pistola se me resbalaba de la mano, hasta que la agarré decididamente con la derecha, sintiendo el gatillo por primera vez, mientras que con la mano izquierda sujetaba con todas mis fuerzas la cruz de Cristo que me confió Marta. Y apreté.


Salí del almacén con el Cristo colgado del cuello. El camino de vuelta se me hizo mucho más agradable. Ahora la pendiente era a favor de mi caminar. Ya no llovía; había salido el Sol, que brillaba como nunca jamás lo había visto brillar. Elegí no coger el autobús; me apetecía andar, aunque me sorprendiera que no hubiese ni gente ni coches por las calles. Al momento de llegar a la parada donde supuestamente debía de esperarme Marta, no había nadie. Entonces me senté para aguardarla, pero el cansancio y las tensiones vividas pudieron conmigo y me quedé dormido.


Me he despertado y todo sigue igual. Después de todo lo sucedido, he perdido la noción del tiempo. Durante unos momentos no he sabido lo que me pasaba ni lo que me esperaba.


Ha sido realmente horrible, he llegado a tener mucho miedo, pero ahora ese es el único sentimiento que no me invade.


Veo a Toño al final de la calle. Se acerca por la calzada con un pasear tranquilo, con su típica gabardina negra (manos en los bolsillos), observándolo todo y más relajado que nunca. Al llegar, se queda de pie frente a mí, mirándome fijamente. Sin decir nada, me muestra el reloj de la parada. Marca las 2:31. Me da la mano y me invita a seguir con él. Todo cobra sentido. La persona es él y el camino el suyo.




martes, 13 de julio de 2010

España, no te reconozco



Años 80. Cualquier colegio público de cualquier pueblo ó ciudad en terreno español. Es la hora del recreo y un chico blanquecino y de aspecto tímido hace malabares con una pelota de papel albal mostrando su habilidad con los pies. A escasos metros de él, se organiza un partidillo alrededor de los verdaderos protagonistas del colegio, los malotes. Son los niños bravucones, respondones, generalmente los que se han desarrollado antes en altura. Empieza el partido y los maleducados imponen su ley entre los pelotas, los subordinados, los aspirantes y los tímidos que, con tan pronta edad, comienzan a darse cuenta de que jugar al fútbol es la mejor manera, y a veces la única, de socializar con el resto.


Mientras tanto, el niño blanquecino les mira de vez en cuando con una paradójica mezcla en su mirada de tranquilidad y obsesión. No se fija en el resto de los niños, sino que mira fijamente el balón. La pelota. Y al mismo tiempo mueve los pies desde su asiento en el bordillo de la puerta del colegio. El jefecillo del partido utiliza sus galones para focalizar en él las burlas oportunistas tan típicas de los niños. “Empanao” le grita…sólo son chavales pero se empiezan a marcar las personalidades.


España es un país de extremos y creo que eso no está del todo mal; generalmente es mejor pasarse que quedarse corto y aquí sabemos perfectamente cómo funciona esa regla porque la asumimos en todos los ámbitos de la vida. El problema es que los defectos de una sociedad se iluminan de tal modo que pueden llegar a hacerte odiar a todo aquel individuo con el que te cruzas una tarde de jueves en la Gran Vía. Siempre he pensado que vivimos en un país con sentido del humor, pero que a mí no siempre me hace gracia. Un colectivo en el que siempre destaca el individuo más que el grupo, un ecosistema donde necesitas ser diferente y utilizar métodos anormales para llegar a la cima de la montaña social. Y para eso viene bien ser impaciente y hablar de lo que uno no conoce. Y en España somos maestros en ejemplarizar ambas actitudes.


El fútbol lleva mucho tiempo alejándose de los prejuicios que tanto lo mancharon hace ya unos años. Ya no es un accesorio de lo cañí ni un divertimento puramente masculino. Es un deporte, un negocio, una tradición social, un espectáculo que, sin saber cómo, refleja la unión y división social en cualquier lugar del mundo que se practique. Los futbolistas son los nuevos grandes “star-system” del siglo XXI. Ricos, jóvenes, guapos, idolatrados…es un billete directo al divismo. Y, nos guste o no, son un ejemplo para bien y para mal.


Siempre me ha resultado triste que el espacio estelar de las actividades comunes a todos nosotros suelan ocuparlo esos chicos fuertes del colegio, los respondones que llegan a ser considerados la referencia en sus campos de trabajo utilizando la bandera del individualismo, la falta de respeto, la nula capacidad autocrítica y la lealtad a su ego. Políticos, jueces, medios de comunicación, artistas…el mundo del fútbol no se libra del mordisco de frikismo que sufrimos a día de hoy. Por eso, me alegro tanto de la victoria de España y de la celebración del pueblo.


Si el fútbol se relaciona con los peores valores de una sociedad y resulta que los 23 mejores jugadores de España son los que ya conocemos, hay una cuestión que me provoca enormes dudas. O este deporte es una maravilla o hay millones de personas como ellos, que juegan (o no) al fútbol y que, además, lo hacen de maravilla. No puede ser que los mejores de este país en una profesión como ésta, sean gente tan respetuosa y campechana. Profesionales que conocen su trabajo y lo disfrutan y dignifican mediante unos valores que deberían ser mandamientos en el código ético de los centros de educación y en nuestras casas.


En la selección española, uno más uno siempre suman más de dos. La sinergia de rendimiento debe ser la mayor incógnita por resolver en el mundo laboral español y en eso, la selección es un ejemplo. Un conjunto de catalanes, valencianos, castellanos, asturianos, andaluces, vascos y canarios que consiguen potenciar el resultado del grupo esforzándose al máximo individualmente. Vamos, lo que se dice una empresa sin vagos, chulos, prepotentes ni egoístas. Único. Quizá si fuéramos capaces de identificar la autoridad que nos “controla y supervisa” con nuestros propios intereses nos iría mejor a todos.


En la vida primero conocemos a las personas que nos rodean y después nos conocemos a nosotros mismos; y así funciona este equipo de fútbol. Y es más un equipo que una selección, porque el trabajo de cohesión que llevan encima es más propio de la dinámica de un club humilde de barrio que de una fría lista de jugadores de muy diferente procedencia que sólo miran por sí mismos. Con ilusión, educación, respeto, trabajo y talento han tirado a la basura la bolsa de estigmas que nos persigue a los españoles en cualquier competición de todo tipo de ámbito desde que los ingleses derrotaron a la armada invencible.


Y confío en que en el mundo no se tenga el único poso de que “España sabe competir”, sino que se queden con la forma en la que ha ganado la Copa del Mundo. Con un estilo creativo, alegre, digno y agradecido con el fútbol y sus aficionados. Dando las gracias y pidiendo perdón cuando se tercia. Trabajando sin quejarse más de lo adecuado. Divirtiéndose y divirtiendo. Y recordando que esto, en el fondo, es un juego y hay que saber ganar y perder (desde aquí mi elogio a la selección alemana y mi repudia absoluta y completa al equipo holandés; menos mal que no representaron a su país ni a su gente).


Y todo ello con un pastor para el que mi admiración no deja de crecer. Qué difícil debe ser ocupar el puesto de seleccionador y no reventar, no explotar ante la enorme presión mediática que critica todas y cada una de tus decisiones, sabiendo que tú, más que nadie, conoces a ese grupo y que dispones de toda la información posible para averiguar la forma en que pueden hacernos más felices. Y Del Bosque, con ese aspecto de profesor bonachón de literatura de 8º de EGB, aguantó y ganó. Y ejerció de guía con las tres variables que convierten a un jefe en un auténtico líder: conocimiento, motivación y respeto. Y lo hizo con elegancia, una cualidad que, simplemente, se tiene o no se tiene y que otros entrenadores y ex-seleccionadores jamás podrán conjugar con el rencor que destilan ni el oportunismo del que hacen gala. Bravo Vicente, mi más sincera enhorabuena para usted. La imagen de su hijo recibiéndole y levantando la copa del mundo me ha parecido la más emotiva y reconfortante que he visto en mucho tiempo. A veces la justicia existe con la buena gente. Gracias.


¿La pena? Que esto es sólo fútbol…o no. Yo me pregunto qué cantidad de gente habría salido ayer a la calle si España hubiera ganado la final jugando como lo hizo Holanda. La celebración de ayer en todo el país tiene un halo de contagio y efervescencia, como todas las grandes fiestas; son puntuales por definición. Sin embargo, el ganar como se ganó añade un matiz de satisfacción que difícilmente se aplacará con el tiempo. Nos gusta lo que ha hecho nuestra selección y cómo lo ha hecho. El nivel de identificación con ellos ha aumentado hasta cotas insospechadas gracias a que reconocemos a los jugadores.


Si en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, en una sociedad llena de extravagancias, modas, histrionismos, sobreactuaciones y enfrentamientos, la campeona es la naturalidad. Este mundial es el triunfo de la normalidad. Cómo destacar siendo diferente de una manera bien entendida; para mí, ese es el camino.


Quizá la mayor ganancia de esta copa del mundo es precisamente aquello que no se puede medir, es esa posibilidad de que esta victoria trascienda la parcela futbolística y las reglas con las que la selección ha triunfado en el mundial se apliquen a nuestra vida diaria. Aquello que hizo hace escasas horas que millones de españoles salieran a la calle. A lo mejor esos valores los conocen mejor que nadie aquellos que nunca presumieron de ello. Esas personas que se dedican simplemente a trabajar, sin hacer artificios, provocar enfrentamientos ni considerarse mártires. Y lo hacen con ilusión.


30 años después sigue habiendo clases en el patio del colegio. Pero a lo mejor ahora, los adjuntos y candidatos ya no quieren ser el malote, sino que prefieren jugar al reloj con la pelota de papel albal junto a sus amigos de verdad. La vida hay que disfrutarla con quien quieres y con quien lo merece. Y con los que ya no están.



España ha ganado la Copa del mundo. Ojalá algo haya cambiado.




viernes, 9 de julio de 2010

una noche en la TV americana

Larry King hace ahora mismo en la CNN un directo con conexiones en cuatro sedes de equipos NBA para vivir en el momento la "Lebron James´s big decision". Tiene como invitados en el plató al antiguo entrenador universitario de Lebron, un pívot ex-nba, un periodista experto en la causa y un actor cómico teóricamente famoso (Tom Arnold) y que hace comentarios que supongo graciosos para ellos. Increíble la facilidad con la que el presentador ha conseguido entrevistas personales en el último mes con el propio Lebron, su entrenador, sus rivales y hasta Obama, opinando todos ellos sobre el futuro del jugador. Para esto sirve haber hecho 40.000 entrevistas previas durante su carrera...

...mientras, en la ESPN se emite un reality de una hora de duración que ha montado el propio jugador para anunciar en qué equipo estará la próxima temporada. El montante de la publicidad durante el programa se donará a causas benéficas, lo que le paga la cadena al jugador irá a su bolsillo, of course. Los primeros quince minutos son un mamazo edulcorado a la figura de Lebron con Jamie Foxx y Will Smith colaborando con sus gracias y labia negra para que la comunidad afroamericana de Cleveland no se le eche encima a Lebron cuando anuncie que cambia de equipo...

...tras 20 minutos de publicidad y fertilizante para el ego de James, sale el jugador al programa y tras responder con una maestría absoluta a las primeras preguntas, sin desvelar el nombre del equipo, decide dar la respuesta. Una vez resuelto el enigma, dice que no lo ha decidido hasta esta misma mañana (no se lo cree ni él), que está triste por dejar su casa y que ÉL le va a dar a su nuevo equipo la oportunidad de ganar el anillo...

...grande Lebron, siempre con la humildad por delante, eso es. Así, si se choca, es lo primero que se llevará por delante...

...Larry King conecta con las ciudades perdedoras para ver qué tal ha sentado la marcha de la estrella. Los propios corresponsales discuten entre ellos sobre si la decisión de Lebron ha sido la mejor. Utilizan el método de la "pantalla partida", que tantos buenos momentos nos ha dado en la historia moderna en televisión. El señor King les corta para dar paso a la publicidad y antes dejar claro que él ha vivido muchos años en la nueva ciudad del jugador y que la decisión es acertada...

gana Lebron, por su nuevo equipo y el dineral que pillará para sí mismo y su plebe, show incorporado
gana su nuevo equipo por llevarse al más cotizado,
ganan los televidentes porque, al parecer, se entretienen con este circo,

AMERICAN BUSINESS, quién pierde?

efectivamente, YO, que pierdo mi tiempo con esto

comienza la publicidad, primer plano de Jeremy Irons profundamente irritado y exigiendo al telespectador que colabore con www.1billionhungry.org

y mañana el pulpo, no se lo pierdan que para eso no hace falta pillar la CNN, lo tienen en cuatro a las 11 de la mañana¡¡

pd: el negrata cuadrao jugará en los Heat de Miami, pero qué más da.

lunes, 12 de abril de 2010

Un profesional

Cómo nos duele a algunos perder lo cotidiano que sí que valoramos...hoy sólo unas breves palabras para recordar otra vida que se marcha. Hablo de un gran profesional, uno de los pocos que puedo llegar a admirar en una profesión tan frustrada por mi parte como devaluada por la incompetencia y el protagonismo mal entendido.

Un hombre ecuánime, imparcial y nítido en sus opiniones y sentimientos, algo que se echa en falta en cualquier ecosistema humano hoy en día y más en el periodismo deportivo, que no deja de ser una especie de circo con muchos enanos y pocos domadores.

A mí me gustaria ser recordado como un hombre muy digno que cubrió once juegos olímpicos y diez mundiales de futbol. Espero que a él también.

Descanse en paz. Juan Manuel Gozalo.


martes, 16 de marzo de 2010

Jon Santacana

Lanzo varias preguntas de martes por la mañana al aire....

1. ¿es el hombre tan malo como lo pintan otros hombres?

2. ¿somos unos destructores que se aprovechan de su raciocinio para vivir de la forma más egoísta posible con el entorno que les rodea?

3. ¿si la cabra montesa tuviera nuestra cabeza, nos discutiría el liderazgo del planeta?

4. en un rosco final de Pasapalabra entre un chimpancé pigmeo (Pan troglodytes paniscus) y Belen Esteban...¿por cuántas palabras ganaría el chimpancé?



Digo esto porque anoche pensaba sobre ello, en uno de mis frecuentes estados insomnes. Estaba yo haciendo zapping en mi tele y llegué a teledeporte. Y allí había una competición de esquí, en la que estaban estos señores, a los que aquí vemos entrenando:

http://www.youtube.com/watch?v=SRcisyfUzkw


No había visto nunca esquiar por parejas. Cuando llegaron a la meta, me di cuenta de dos cosas. Una, eran españoles. Dos, el que compite es el de detrás. Es ciego. El de delante es su guía.

Se llama Jon Santacana y ayer ganó la medalla de plata en eslalon en los juegos paralímpicos de Vancouver. Apenas ve nada; percibe sensaciones. Sabe si lo que tiene delante es un monte nevado o un bosque...pero poco más. Cuando Jon fue preguntado por su entrentamiento con su guía, respondió esto:

"...El me marca por donde debemos ir, y yo realmente lo único que hago es seguirle. Esto que parece tan fácil no lo es, porque mantener una distancia permanente cuando vamos a 80 o 100 km./H. no es nada fácil, como te puedes imaginar… Hace falta muchísimas horas de entrenamiento para lograr la sincronización que tenemos. El uno tiene que conocer perfectamente la técnica y las posibilidades del otro, sabemos como podemos reaccionar ante un imprevisto y como superarlo. Es sencillo, pero detrás hay mucho trabajo..."

Participaron esquiadores de tres categorías visuales, B1, B2 y B3, en función de su deficiencia. Jon es B2 y anoche vi algunos B1, completamente ciegos. Me entraron escalofríos de ver cómo descendían. Hay que decir que para igualar las condiciones de todos los participantes, a los que no son totalmente invidentes, se les colocan unas gafas especiales para que no vean nada de nada.


Estas cosas me hacen pensar en la capacidad que tenemos (todos) para afrontar retos. ¿De dónde sacan las personas como ellos la fuerza necesaria, de todo tipo, para hacer esto? Puede ser mentalidad, ilusión, trabajo...pero yo creo que la palabra exacta es fé. Esa fé puede tener su reflejo en muchas personas y/o cualidades. Pero ellos tienen algo que tiene muy poca gente, entendido en el buen sentido. Fé en uno mismo y un enorme instinto de supervivencia.

Les ponen una valla tres veces más alta que la nuestra y la saltan con una pierna menos. Eso no es sólo trabajo, es fé. Es imposible saltarla si no estás convencido de que lo harás. Y mientras existan seres humanos capaces de hacer esas cosas, yo me declaro creyente de la Humanidad. De la Humanidad que dedica sus esfuerzos a su superación personal. Más que nunca, la fé mueve montañas, ese es el slogan.

Poco nos diferencia de determinadas especies animales. Siempre he pensado que, en el fondo, disfrutamos de las mismas cosas que ellos durante nuestra vida. Pero si algo nos acerca es el instinto de supervivencia. El miedo a lo desconocido, la capacidad de integración en un entorno hostil...somos animales.

Y ese instinto es el que acerca a estos esquiadores paralímpicos a ser acreedores de una nobleza que suele adjudicarse de forma inmediata al género animal. Y creo que no debería ser una oposición exclusiva. Para mí, Jon Santacana tiene la misma nobleza o más que el perro de mi vecina Pepa. Y además no se caga en la acera como hace el jodío chucho.


Recuerdo un capítulo de Los Simpson en el que los delfines invadían la civilización humana. Alegaban que, en el principio de los tiempos, eran animales terrestres y los hombres les habían mandado al mar, donde llevaban miles de años pasando frío...

¿Cuál es la conclusión de toda esta parrafada? Pues seguramente ninguna. Pero yo creo que, seguramente, habría muchos delfines que no tendrían especial interés en enemistarse con los humanos. Y quizá también haya delfines gilipollas. Un delfin Esperanza Aguirre u otro delfin Karmele Marchante. Si en la humanidad hay gilipollas a patadas, en la Naturaleza también debería haberlos. Al fin y al cabo, todos somos animales.




viernes, 26 de febrero de 2010

Sus visitas


"...y tú sigues visitándome. Sin avisar, por supuesto. Normalmente de noche, aunque a veces también al mediodía.


Y tú también eliges el cómo y el dónde. Me siento como si me invitaras a una fiesta de disfraces y dejaras el mío para que lo recogiera en la puerta. Y empieza el encuentro. En ocasiones no entiendo tu forma ni tu actitud. Pero, parezcas lo que parezcas, siempre hay algo en común. Un sentimiento que me confirma ante quién estoy. Una cercanía nostálgica que me hace abrazarte como si nada hubiera pasado.


Y sabes que me afecta. No el cómo llegas sino el cómo me dejas cuando te vuelves a marchar. Pensativo, desmotivado, inerte, regodeándome de melancolía y pensando en lo que pudo ser y realmente fue, en lo que ahora siento que fue poco tiempo, pero que quizá en el fondo fue un tiempo poco aprovechado. O no.


...no dejes de visitarme. Yo no dejo de echarte de menos..."