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lunes, 19 de julio de 2010

Mi camino (2001)


Ha sido realmente horrible, he llegado a tener mucho miedo, pero ahora ese es el único sentimiento que no me invade.


Toño experimentó más de una vez lo que suponía el intentar ganar dinero así. Cuando te toca a ti, un nudo tremendo sube a tu garganta como queriendo ofrecer una mayor resistencia a la locura que estás a punto de cometer. El sudor se expande por la frente como si deseara abandonar todo rastro de cuerpo indolente. No puedes evitar mojar los pantalones. El corazón late de la misma manera que lo haría si hubiese estado corriendo incesantemente durante un par de horas y lo peor es que no sabes bien como pararlo...Tu cerebro se bloquea, no puedes pensar en nada más. De todo lo que me contó Toño, fue en esto donde puso más énfasis. Me dijo que apoyase todo mi pensamiento en alguien, “esa única persona a la que realmente quieras tener contigo por siempre”. Yo no me veía capaz de pensar en una sola persona en el momento de morir, pero no le respondí ya que no creí acertado cortar en ese momento su “discurso de iniciación”. Sin embargo, Toño creía en eso (“al final, no hará falta que la busques, ya te encontrará”).


Él estaba hecho de otra pasta; Toño fue abandonado por sus padres tres meses después de venir a este mundo. Desde entonces, es fácil imaginar la historia que ha llevado a mi mejor amigo a rebotar de un escenario a otro, sin hallar un papel en concreto. Creo que crecer así le hizo más predecible como persona, pero más fuerte al mismo tiempo. Una especie de máquina sin respuestas a determinadas preguntas, aunque indestructible. Eso le gustaba mucho, que le llamásemos “indestructible”.


Fuerte pero, al mismo tiempo, frágil. Precisamente por no haber dispuesto nunca de una familia en la que apoyarse y agravado por no haber tenido recursos (ni económicos ni sociales), Toño guardaba muchísimo rencor por dentro; era sabedor de ello e intentaba controlarlo con la gente que le había ayudado. No obstante, del mismo modo en que él intentaba asentarse en la línea de la virtud, no muy lejos de su posición, andábamos Marta y yo.


Mi vida nunca fue precisamente un camino de rosas, aunque todo resultó bastante más placentero desde que conocí a Marta. Ella me causó problemas y provocó, en cierto modo, mi separación de mi familia. Pero lo más importante de todo es que Marta me trajo lo más bello y hermoso que te puede dar esta vida, pero en el momento más inoportuno. Le llamaríamos Diego.


Mis padres no querían a Marta. Ese fue el detonante, aunque no el problema. Siempre se había tratado de una cuestión de actitudes. Entre Marta, Toño y yo entendíamos los motivos que nos llevaban a seguir cada camino. Con mis padres nunca fue así y siempre he llevado por dentro el dolor de no poder compartir ciertos aspectos de mi vida con ellos. A los 17 años dejé mi casa; ellos dicen que no me echaron y tienen razón. Me ofrecieron ayuda económica cuando realmente la necesitaba, pero eso era lo único que yo no buscaba en mi hogar. Quería cariño y comprensión, además de valerme por mí mismo; y si para ello hacía falta acabar de romper la cuerda que me unía a ellos, lo haría.


No guardo rencor alguno. La última noche que dormí en casa miré a los ojos de mi padre y no noté ningún resquicio de injusticia indómita por su parte, lo que no hizo más que aflorar en mí el sentimiento de decepción, que en este caso era mutua. Empecé a plantearme si realmente mi padre era mi alma gemela, creencia que sostenía desde bastante pequeño y que las diferencias entre él y yo, extrañamente, no habían hecho más que fortalecer. Sin embargo, a mí me dolía muchísimo el corazón justo antes de abrir la puerta y sé que a él también.


Pero ese era mi camino, de eso no tengo duda alguna.


Noche fría y lluviosa. El martes nunca había sido un buen día para salir de casa, pero hacía tiempo que las circunstancias me habían arrebatado la capacidad de elegir cuando debía salir o no. Le dije a Marta que se quedase en el piso hasta que saliese el Sol. Estaba de seis meses y yo no quería que el niño corriese riesgo alguno. A pesar de ello, no me hizo caso y, lo que es peor, me acompañó más guapa que nunca hasta la parada de autobús.


Llevaba unos vaqueros desgastados; antes de ese día eran ajustaditos por la cintura, pero esa misma tarde, Marta les sacó la costura y los ensanchó para poder caber bien en ellos. No teníamos dinero para dormir en un sitio nosotros solos, con lo que pensar en comprar ropa pre-mamá era poco menos que utópico.


El origen de Marta era similar al de Toño, así que tampoco podíamos recurrir a nadie por su parte. Llevábamos viviendo seis días en un piso abandonado, cerca del centro; no conocíamos gente de por allí cerca, pero nos valíamos nosotros mismos para seguir tirando unos meses, mientras que encontrásemos algo más estable, tanto a nivel de casa como de trabajo.

Su jersey de color verde y de cuello alto prácticamente cubría su rostro. Apenas se le veían sus finos (aunque expresivos) labios. Hacía frío, llevaba puesto un gorro marrón de lana que tapaba en parte su larga, negra y brillante melena.


Estaba enfadada conmigo, al tiempo que se sentía muy orgullosa. Sin embargo, esto último no lo exteriorizaba. Sabía perfectamente porqué iba a hacerlo, pero no entendía el motivo de elegir ese camino y no otro. Yo no reconocía las posibilidades de fracasar; quería a ese niño más que a nada en el mundo, aunque todavía no hubiese nacido, y estaba dispuesto a hacer por él todo lo que hiciera falta.


Durante unas horas pensé en que Diego era mi persona, esa de la que me habló Toño, a la cual debía enganchar en mi mente el día en el que me retirara del juego. Sin embargo, mi compañera de viaje era Marta, de eso no tenía ninguna duda.


El autobús (blanco, viejo, bastante destartalado) se encaminaba hacia la parada, que se encontraba en una recta gigantesca con dirección a las afueras de la ciudad. Antes de subir, agarré a Marta por la cintura, con afán de no soltarla nunca más, y le abracé. Me devolvió el gesto, pero no me miró a los ojos, algo que todavía no he podido olvidar y que me tuvo discurriendo durante los veinte minutos que duraba el viaje hasta la última parada del trayecto, la mía.


Bajé temeroso y seguí la ruta que me había indicado el hombre con el que hablé por teléfono. Toño me dejó el número durante su charla de preparación y, respecto a él, sólo me dijo que no hiciese preguntas y que atendiera a todo lo que me indicaba y eso hice. Seguí caminando por la misma carretera por la que me había traído el autobús, hasta que me metí por una especie de senda entre unos matorrales, que venía indicada por una señal totalmente oxidada que guiaba hacia los viejos almacenes de ropa, abandonados desde que nadie que viva en esta ciudad tuviera uso de razón.


La senda era una antiquísima ruta de paseo, totalmente abandonada. Debía tener unos tres metros de ancho y estaba cercada a ambos lados por unos árboles inmensos que se alzaban por encima del terreno y cuyas copas, a una altura considerable, parecían inclinarse sobre el centro de la senda, como intentando cerrar el camino. A mitad de trazado, desaparecieron los árboles y la lluvia, hasta entonces resguardada en la oscuridad, se hizo presente golpeándome en la cara. Cada vez era más duro avanzar porque la pendiente aumentaba y aumentaba hasta cotas insospechadas (Toño me avisó: “Lo bueno es que ellos piensan en ti, quieren que llegues con el corazón acelerado para que cuando venga el momento, no notes la diferencia”). Cuando mi cuerpo dejaba de andar y empezaba a escalar, se acabó la senda. Ya estaba allí.


Un hangar de una altura considerable (aunque no demasiado grande) y con unos ventanales insólitamente enormes era lo que me esperaba. Las paredes parecían originalmente blancas, pero el paso del tiempo había derramado en ellas otros colores, que en esos momentos no acerté ni siquiera a plantearme de donde provenían. Todo lo que veía era nuevo, pero no pensaba ni me hacía a mi mismo ninguna pregunta. Era el primer síntoma, el bloqueo cerebral.


Me estaban esperando. El hangar tan solo albergaba una sala oscura, de una altura inmensa (no se veía el techo), amplia y desvalijada para la ocasión. El único mueble era una mesa circular de cristal, con un vaso de agua en cada uno de los cinco asientos y un recipiente de cerámica en el centro. Al lado del recipiente, un reloj grande de aguja (como el que tenía mi madre en el salón), sin segundero. Apoyado verticalmente sobre él, estaba la pistola. Casi ni la miré. Nunca había visto una. Segundo síntoma, el miedo a lo desconocido. Alrededor de la mesa, cinco hombres, parecidos a mí, con el rostro desencajado, sudando; todos ellos inquietos, pero sin mover un solo músculo de su cuerpo.


Todo fue muy rápido. Nos sentamos. Nadie hacía preguntas. Un tipo trajeado y con voz ronca (era el del teléfono) nos indicó el procedimiento; era algo inútil, ya que todos sabíamos a lo que habíamos ido allí. Me colocaron el tercero de los cinco, en el orden de juego. Los síntomas físicos sobre los que me había avisado Toño se cumplían paso a paso.


2:30 de la noche (marcaba el reloj central de la mesa). Tres minutos después de haberme sentado, me tocaba jugar. Los dos anteriores a mí habían ganado, saldrían de allí. Mientras que aprovechaba el minuto de cortesía entre jugador y jugador, bebí el trago de agua más dulce que haya tomado jamás mientras que, inconscientemente, empecé a buscar respuestas a todas las preguntas que bailaban en mi cabeza. ¿Por qué mi padre no me comprendió mejor o no intentó detenerme antes de marcharme de casa? ¿Por qué Marta no había sido capaz de forzar que no lo hiciera hasta el último momento? Yo tenía más miedo al rencor que a la bala y eso me marcó. Mi cuerpo temblaba y la pistola se me resbalaba de la mano, hasta que la agarré decididamente con la derecha, sintiendo el gatillo por primera vez, mientras que con la mano izquierda sujetaba con todas mis fuerzas la cruz de Cristo que me confió Marta. Y apreté.


Salí del almacén con el Cristo colgado del cuello. El camino de vuelta se me hizo mucho más agradable. Ahora la pendiente era a favor de mi caminar. Ya no llovía; había salido el Sol, que brillaba como nunca jamás lo había visto brillar. Elegí no coger el autobús; me apetecía andar, aunque me sorprendiera que no hubiese ni gente ni coches por las calles. Al momento de llegar a la parada donde supuestamente debía de esperarme Marta, no había nadie. Entonces me senté para aguardarla, pero el cansancio y las tensiones vividas pudieron conmigo y me quedé dormido.


Me he despertado y todo sigue igual. Después de todo lo sucedido, he perdido la noción del tiempo. Durante unos momentos no he sabido lo que me pasaba ni lo que me esperaba.


Ha sido realmente horrible, he llegado a tener mucho miedo, pero ahora ese es el único sentimiento que no me invade.


Veo a Toño al final de la calle. Se acerca por la calzada con un pasear tranquilo, con su típica gabardina negra (manos en los bolsillos), observándolo todo y más relajado que nunca. Al llegar, se queda de pie frente a mí, mirándome fijamente. Sin decir nada, me muestra el reloj de la parada. Marca las 2:31. Me da la mano y me invita a seguir con él. Todo cobra sentido. La persona es él y el camino el suyo.




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